Menos macho y más hombre
MENOS MACHO Y MÁS HOMBRE
Cuando terminé mi especialización en salud sexual mi mente femenina me visualizó trabajando temas de mujer, algo predecible considerando que entiendo mejor un cuerpo con vulva que uno con pene.
No obstante la vida me trajo a donde tenía que estar para comprender la masculinidad y es así como hoy tengo más pacientes hombres que consultan por eyaculación precoz o retardada, disfunción eréctil o bajo deseo sexual. Hasta aquí es historia.
Lo interesante ha sido que mi estadística revela que el trasfondo de cada caso no es otro que inseguridades, miedos, complejos, tristezas e ignorancia.
Pero, ¿cómo es posible que los “machos” sufran o se frustren?
Sencillo, nunca hablan de esto con nadie y no terminan de enterarse que su masculinidad es la parte más frágil que tiene su psiquis, debido a que es una fachada que depende de un órgano tan específico: su pene.
Como bien señala la terapeuta sexual Esther Perel en su obra “Inteligencia erótica”, la masculinidad tradicional se construye sobre pilares de vulnerabilidad disfrazada de fortaleza, donde el silencio se convierte en el precio que los hombres pagan por mantener una imagen que los está consumiendo desde adentro.
El “macho” basa su masculinidad en lo que la cultura espera de él, su sexualidad en lo que ve en la pornografía, esconde que su pene ya no erecta, no lo ve como un síntoma y lo resuelve en la farmacia en lugar de consultar el origen y tomar los correctivos.
Ríe con chistes sobre el “polvo’e gallo” así sufra de esto en silencio, manifiesta detrás de una falsa modestia, que rinde varios en una noche y que es abierto de mente para entrar en juegos y roles sexuales, que jamás haría o en los que habrá participado a lo mucho un par de veces y por proposición femenina, no por creatividad propia, porque el “macho” no se pone con esas “maricadas”.
Autocuidado físico y mental
Obviamente el autocuidado físico y mental no es algo que esté en sus prioridades. No nota que a la larga esto lo afectará a él mismo y deteriorará sus relaciones de pareja y autoestima.
Esta desconexión entre lo que siente y lo que proyecta genera una brecha emocional que, con el tiempo, se vuelve insostenible. El sociólogo Michael Kimmel, en su libro “Angry White Men”, describe cómo la masculinidad tóxica no solo daña a las mujeres, sino que principalmente destruye a los propios hombres que la perpetúan, atrapándolos en una cárcel de expectativas imposibles.
He visto en consulta machos exitosos, profesionales destacados, padres de familia respetados, derrumbarse al confesar que llevan años fingiendo deseo alimentandolo con porno, evitando la intimidad o recurriendo al alcohol o a la marihuana para “poder funcionar”.
Machos que prefieren arriesgar su salud cardiovascular con pastillas compradas sin prescripción antes que admitir que necesitan ayuda. Machos que han perdido relaciones valiosas porque no supieron pedir lo que necesitaban o expresar lo que sentían.
La masculinidad del “macho” se alimenta del miedo al juicio, de la comparación constante, del exito económico, de la necesidad de estar siempre “arriba”, siempre potente, siempre listo, siempre seguro.
Pero la realidad es que nadie puede sostener esa actuación indefinidamente. El cuerpo habla cuando la boca calla, y las disfunciones sexuales son muchas veces el grito desesperado de un sistema emocional colapsado. Como afirma el psicólogo Raewyn Connell en “Masculinidades”, el modelo hegemónico de masculinidad no es natural ni inevitable, es una construcción social que se puede desaprender y reconstruir.
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El hombre y no el macho, en cambio, conoce su sexualidad más allá de su pene
Se ha explorado de manera consciente, no teme lo que opinen sus pares sobre su hombría, conecta su mente con un erotismo genuino.
No tiene que demostrar nada en la cama, ni busca complacer a una mujer dándoselas de experto. No, él pregunta a su pareja qué es lo que le gusta, lo que no y se entrega a aprender sin juicios.
El hombre sabe que no puede llegar a estimular un clítoris sin haber estimulado primero el cerebro de ella como lo requiere y prioriza su salud física y mental por él y por su vínculo.
Este hombre ha entendido que la verdadera virilidad reside en la capacidad de ser vulnerable, de conectar emocionalmente, de sostener conversaciones incómodas sobre deseos y límites.
Ha comprendido que su valor no está entre sus piernas sino en su capacidad de presencia, de escucha, de ternura. Como explica Brené Brown en “El poder de ser vulnerable”, la vulnerabilidad no es debilidad, es el acto más valiente que podemos realizar, especialmente en una cultura que nos enseña a escondernos detrás de máscaras.
El hombre que consulta, que se informa, que se cuestiona los mandatos patriarcales aprendidos, ese hombre está revolucionando su propia existencia.
Está eligiendo la autenticidad sobre la aprobación, la salud sobre la imagen, el bienestar relacional sobre la competencia.
Está desarmando, ladrillo a ladrillo, la torre de soledad en la que el machismo lo encerró. Y en ese proceso descubre que la sexualidad plena no se mide en centímetros ni en minutos, sino en conexión, en placer compartido, en la capacidad de disfrutar sin guiones preestablecidos.
Ha descubierto que ser macho es ser común, uno mas del montón, pero ser hombre es ser rebelde a toda esta mala información.
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La armadura del macho
He visto transformaciones profundas en hombres que se atrevieron a soltar la armadura del “macho”. Hombres que:
- Aprendieron a nombrar sus emociones, a pedir ayuda, a reconocer que no saber algo no los hace menos hombres.
- Descubrieron que llorar no es de débiles sino de humanos, que abrazar su sensibilidad no elimina su masculinidad sino que la enriquece.
- Entendieron que cuidar de su salud mental es tan importante como ir al gimnasio, y que la terapia no es para “locos” sino para personas valientes que quieren vivir mejor.
Y sobre todo hombres que dejaron de objetivizar a las mujeres y lo mejor: Se lo hicieron saber a sus congeneres sin verguenza y con una autoestima fortisima.
Qué difícil es ser un hombre en el siglo XXI si no se desecha la formación de macho. Es nutrir una baja autoestima que los convierte en presa fácil de aquellos que sólo les utilizan para explotarles y desecharles.
Pero qué liberador es también darse permiso para ser humano, para equivocarse, para no tener todas las respuestas, para construir una masculinidad propia que no esté dictada por la pornografía, la cerveza y los chistes del vestuario.
El camino del “macho” al hombre no es fácil, requiere valentía para desaprender, humildad para reconocer daños causados, y compromiso para construir algo nuevo. Pero es un camino que vale la pena recorrer, porque al final no solo ganan ellos, ganamos todos. Ganamos relaciones más honestas, familias más sanas, una sociedad donde la masculinidad no sea una carga sino una expresión auténtica de lo que significa ser plenamente humano.
La invitación está hecha: menos macho, más hombre. Menos fachada, más esencia. Menos demostración, más conexión. Menos miedo, más vida.
Leisa Puentes M