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Cortejo en tiempos de empoderamiento

El cortejo perdido tras el empoderamiento

Uno de mis pacientes me volvió a hacer una pregunta que ya otros hombres me habían formulado antes:

¿Cómo puedo saber el punto exacto entre no ser un machista y que tampoco me tachen de desatento?

Su duda nació de algo que le ocurrió con una chica durante un encuentro sexual y que lo dejó completamente confundido. Él le desabrochó el sujetador y ella le dijo:

“No es necesario que hagas por mí cosas que puedo hacer yo misma”.

Plop. Quedó él, congelado, sin saber si había cometido un error o simplemente había hecho lo que cualquier persona haría en un momento de intimidad. ¿No era esto acaso parte del juego?

Lo curioso es que la historia no terminó ahí. En otra cita, con otra chica, él ya creía estar “entrenado” después de la primera lección. Esperó pacientemente a que ella sola se desvistiera, sin intervenir, sin iniciativa. Y esta vez la respuesta fue la contraria: ella le dijo que le faltaba caballerosidad y romanticismo.

Dos mujeres, dos mensajes opuestos, un mismo hombre cada vez más perdido sobre cómo comportarse en la cama y fuera de ella.

Esto no es una confusión aislada ni un caso excepcional de mi consulta. Si la pregunta: ¿Qué es lo que quieren las mujeres? Ha sido una constante de la humanidad, hoy dia con el necesario contexto de la equidad de genero, muchos hombres heterosexuales se están preguntando:

  • ¿Nos quieren tiernos o nos quieren rudos?
  • ¿Iniciativa o espera?
  • ¿Atrevimiento o respeto absoluto por cada movimiento de ellas ?

Estamos en un momento de transición, no de reglas fijas

¿Has notado que estamos atravesando un momento histórico de transición?

Venimos de miles de años de construcción de una sexualidad basada en la superioridad masculina, en la que el hombre decidía, iniciaba, tocaba y la mujer simplemente recibía o rechazaba (aquelarre terrible aprendizaje de “ el hombre propone y la mujer dispone”.

Hoy, afortunadamente, estamos caminando hacia la consciencia de la equidad en los derechos y responsabilidades sexuales, donde ambas partes tienen voz, deseo propio, iniciativa  y capacidad de decisión.

Y como todo cambio social profundo, este proceso trae desajustes. En la búsqueda legítima del equilibrio, muchas veces hemos equiparado la palabra “empoderamiento” a fomentar relaciones desconfiadas, llenas de competencia por el poder, con cierto desprecio implícito hacia lo que hace el otro o con autosuficiencias que rozan la arrogancia.

El resultado es que, sin proponérnoslo, hemos convertido un concepto equitativo en una especie de campo minado donde nadie sabe bien dónde pisar.

Pero aquí está la clave que casi siempre se nos olvida: todos los seres humanos buscamos, de manera biológica y psicológica, conexión, afecto, ternura, detalles, intimidad y seguridad en una pareja, así esa pareja sea momentánea o de toda la vida.

Esto no cambia por el género. No cambia porque alguien se declare feminista, masculinista, empoderado o independiente. La necesidad de sentirnos vistos, deseados y cuidados es profundamente humana, y eso no entra en conflicto con la igualdad de derechos.

¡Todo lo contrario: la fortalece!

El cortejo no es enemigo de la equidad

No podemos desmayar en la búsqueda de la equidad. Eso es innegociable y debe seguir siendo firme en cada espacio de nuestra vida, incluida la cama.

Pero no olvidemos que el cortejo es un comportamiento natural entre las especies, presente en la biología misma del vínculo, y que es un juego mas no un ejercicio de poder. 

No se trata de recuperar los viejos guiones de “el hombre conquista, la mujer se deja conquistar”, sino de entender que las atenciones, los detalles y el interés genuino no son sinónimo de desigualdad quien los recibe. 

Las atenciones, las distintas formas de llamar la atención del otro, los detalles que demuestran interés real, los halagos honestos y bien intencionados, son acciones que se deben dar de manera bilateral.

Ninguno de los dos miembros de la pareja debería sentir que cortejar al otro lo coloca en una posición de inferioridad. Del mismo modo, dejarse cortejar tampoco debería interpretarse como debilidad o sumisión. Ambos roles pueden coexistir, alternarse, fundirse, sin que eso amenace la autonomía de nadie.

¿Entonces qué hacemos con la confusión?

Volvamos al caso de mi consultante. ¿Qué hizo mal?

En realidad, nada. Lo que ocurrió es que se topó con dos personas distintas, con historias distintas, con heridas y expectativas distintas, y trató de aplicar una fórmula única para complacer a ambas.

Ahí está el verdadero error, no en desabrochar un sujetador ni en esperar inerte a que ella lo haga: el error está en pensar que existe un manual universal de comportamiento que funciona igual para todas las mujeres o para todos los hombres.

La sexualidad espontánea, esa que de verdad conecta, no se construye desde el miedo a equivocarse ni desde el cumplimiento estricto de un protocolo de género.

Se construye desde la comunicación, desde preguntar cuando hay duda, desde observar las señales que la otra persona da en el momento, y desde la disposición genuina para ajustar el propio comportamiento según quien tenemos enfrente.

Preguntar  no le quita magia al encuentro: se la suma, porque demuestra interés real en el placer y la comodidad del otro.

Cerrar los abismos que hemos creado

Cuando dejemos de entendernos a nosotros mismos y al otro dentro de un escenario tan estrecho de roles de género y de protocolos rígidos para vincularnos, y le demos paso a una sexualidad espontánea entre dos seres humanos que simplemente se desean, se cerrarán los abismos que hemos formado durante esta etapa de transición.

La equidad de genero  no debería significar la desaparición del cortejo, ni la aceptación de atención debería confundirse con sometimiento.

Ambos pueden convivir si los despojamos de las cargas históricas inequitativa que arrastran y los llevamos al terreno de lo humano: dos personas que se atraen, que se cuidan y que están dispuestas a aprender la una de la otra.

La próxima vez que te encuentres en una situación parecida a la de mi paciente, recuerda que no existe una receta única.

Existe, eso sí, la posibilidad de preguntar, de observar y de construir juntos un código propio para esa relación, sea de una noche o de toda la vida.

Ese es, en el fondo, el verdadero significado de la equidad sexual: no la ausencia de cortejo, sino la libertad de decidir juntos cómo se da.

Un abrazo, Leisa

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